El suelo de los bosques, su importancia y estudio

El suelo de los bosques, su importancia y estudio

Las legislaciones europeas sobre bosques y clima y la que está en ciernes sobre calidad de los suelos ponen especial énfasis en la importancia de los que sustentan nuestros bosques. Estos suelos guardan más carbono y biodiversidad que los árboles a los que dan de comer y están repletos de agua y nutrientes que ofrecen infinidad de servicios. La Unión Europea advierte que, en general, los suelos degradados reducen la provisión de servicios ecosistémicos, como alimentos, madera, ciclo de nutrientes, secuestro de carbono, control de plagas o regulación del agua; pérdida que le cuesta cada año a la UE miles de millones de euros. Tras la degradación de suelos urbanos, industriales y agrarios, los de los bosques pueden ser una tabla de salvación frente a impactos como el cambio climático.

En bosques de Gamiz, un concejo de la ciudad de Vitoria (Álava) situado en las faldas de los Montes de Vitoria, se llevan a cabo trabajos dentro del considerado “mayor proyecto de investigación de Europa sobre el papel central, aunque poco comprendido, de los suelos forestales en la lucha contra el cambio climático”. Así se expone desde HoliSoils, acrónimo de Holistic management practices, modelling & monitoring for european forest soils, proyecto del programa Horizonte 2020 de la UE en el que participan 20 universidades y centros de investigación europeos, entre los cuales hay cuatro españoles.

En las labores que se llevan a cabo en Gamiz está Jorge Curiel, el investigador principal en España de HoliSoils, quien además lidera el grupo de trabajo dedicado a la vulnerabilidad de los suelos ante el cambio climático. Hace un alto y nos atiende: “Tenemos tres parcelas con un diseño común donde testamos, por un lado, cómo afectan al suelo diferentes tipos de extracción de madera, como los aclareos al 50% y las matarrasas –corta de todos los árboles de un área forestal–, y, por otro, cómo podemos acelerar la recuperación del suelo con dos tratamientos: en uno dejamos el suelo desnudo y en otro se utilizan los restos de la corta que se desmenuzan y se esparcen para crear una capa que lo proteja y acelere su recuperación”.

Una parte importante de estas labores es analizar el secuestro de carbono que se consigue con la gestión forestal teniendo en cuenta diferentes tratamientos del suelo. Los suelos de los bosques guardan un volumen de carbono mayor que el almacenado en los árboles, gracias a la acción conjunta de la madera muerta, la hojarasca y la innumerable comunidad de fauna, flora y hongos asociada, que incluye otros importantes microorganismos, como protistas, bacterias y arqueas.

Suelos forestales: campeones en retención de carbono

Gonzalo Almendros, profesor de investigación del departamento de Biogeoquímica y Ecología Microbiana del Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN/CSIC), resalta este valor en cifras: “En general, los suelos contienen 2.500 petagramos de carbono (un petagramo equivale a mil billones de gramos), es decir, más de tres veces la cantidad de carbono atmosférico y cuatro veces la cantidad del almacenado en la biomasa de plantas y animales. Por eso, el interés en los suelos forestales está en que constituyen un reservorio de carbono en formas lentamente biodegradables, que no se intercambia activamente con el CO2 de la atmósfera”.

Pero se corre el riesgo de que el cambio climático acelere esa pérdida de carbono de los suelos, como adelantaba Pablo García-Palacios, científico del Consejo Superior de Investigaciones Científicas en el Instituto de Ciencias Agrarias (ICA-CSIC), en un estudio publicado en junio de 2021 en la revista Nature: “Hasta el momento, el tamaño de la reserva de carbono se equilibraba anualmente entre las pérdidas de carbono por la respiración del suelo y las ganancias como consecuencia de la fijación de carbono por parte de las plantas. Sin embargo, el calentamiento antropogénico está perturbando dicho equilibrio”.

HoliSoils, como otros proyectos europeos que trabajan en la misma dirección  (DrySom, Benchmark, Atlantis…), busca frenar esa pérdida de un suelo tan valioso como es el forestal, de ahí que no solo estén involucrados en el mismo centros de investigación, sino también asociaciones de propietarios forestales, la Agencia Europea del Medio Ambiente, la Convención de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático o el sello de certificación forestal FSC. Decenas de parcelas forestales en varios países con diferente clima, especies de árboles y gestión están sirviendo como laboratorios de pruebas.

Cada suelo es un mundo

Cada suelo es un mundo dependiendo de todos esos factores: clima, altitud, árboles, tipo de gestión, pendiente… Nada como echar un vistazo a algunas de las casi 2.900 entradas al blog Un universo bajo nuestros pies para cerciorarse de ello. Es obra de Juan José Ibáñez, científico titular del Centro de Investigaciones sobre Desertificación (CSIC-Universidad de Valencia), quien repite constantemente que “el suelo es un recurso muy frágil y no renovable”. Hay suelos donde domina la hojarasca, en otros el estrato herbáceo y en otros el matorral, y en algunos hay más musgo, o canchales y pedreras, o de todo un poco. Ibáñez reivindica incluso la valía de la madera muerta: “La caída de un árbol es esencial para el mantenimiento de la dinámica de los ecosistemas forestales y sus suelos”.

En esa variedad de suelos y en su composición reside también la capacidad de adaptarse a impactos como los inducidos por el cambio climático. Ana Rey, científica del MNCN/CSIC experta en ecología forestal, afirma: «Resultados preliminares de un estudio que estamos desarrollando en bosques mediterráneos sobre distintos tipos de suelos indican que los bosques con suelos en principio más desfavorables parecen ser menos susceptibles a la sequía, porque ya han desarrollado una adaptación a condiciones extremas. Por tanto, aunque crecen menos, son más resilientes». Según Jorge Curiel, “en la península Ibérica los más frágiles están en montes con más pendiente, con más potencial de erosión, que se acrecienta según el tipo de gestión que tengan”.

Curiel es también profesor de investigación en uno de los centros participantes en HoliSoils, el BC3 (Basque Centre for Climate Change). Relata que todo el trabajo realizado (tipos de corta, tratamientos del suelo, colocación de sensores, análisis de secuestro de carbono, inventario de organismos, medición de parámetros de salud del suelo) “sirve para, primero, generar evidencias de que lo que se está haciendo hasta el momento no es lo correcto y, segundo, para generar prácticas de manejo más responsables y enfocadas a la conservación del suelo”.

Es hora de tomarse en serio el suelo de los bosques

Raisa Mäkipää, directora de HoliSoils y profesora de investigación en el Instituto de Recursos Naturales de Finlandia, recalca: “Los suelos realmente importan, pero no se han estudiado lo suficiente, especialmente los suelos forestales. Al aprender más sobre cómo atrapan y liberan CO2, los países pueden ayudar a garantizar que sus bosques se adapten al cambio climático y lo alivien”.

Mientras tanto, la UE se ha puesto también manos a la obra. El 5 de julio de 2023 la Comisión Europea (CE) presentó la propuesta de directiva del Parlamento Europeo y del Consejo relativa a la vigilancia y la resiliencia del suelo. El principal objetivo es conseguir que los suelos de la UE presenten un estado saludable en 2050. Reconoce que su degradación nos cuesta decenas de miles de millones de euros al año al afectar a servicios ecosistémicos básicos que reportan importantes beneficios económicos: alimentación, madera, secuestro de carbono, control de plagas, lucha contra la erosión…

Sin apartarse de la línea económica, la propuesta de directiva menciona: “La disponibilidad de suelos y terrenos sanos y fértiles es crucial para la transición hacia una bioeconomía sostenible y puede, por tanto, ayudar a incrementar y preservar el valor de los terrenos”. En un artículo en The Conversation, Jorge Curiel y cuatro investigadores más del BC3 inciden precisamente en que “la bioeconomía debería tener en cuenta la conservación del suelo forestal”, pero advierten: “No podemos pretender que la bioeconomía cubra todos los nichos de producción y negocio que hoy cubren otros materiales como el hormigón o los derivados del petróleo porque, al igual que estos, los recursos naturales no son infinitos”.

Uno de esos puntales de la bioeconomía forestal es la extracción de biomasa para producir energía. Desde la Asociación Española de la Biomasa (Avebiom) afirman: “Las empresas que realizan trabajos de aprovechamiento y saca de esta biomasa deben cumplir con los requerimientos que impone la Directiva de Energías Renovables de la UE, y así lo están haciendo, muchos de ellos con ayuda del sistema de certificación europeo SURE (Sustainable Resources Verification Scheme)”. Además, consideran que retirar biomasa de los bosques para destinarla a su valorización energética “contribuye a aumentar la resiliencia de nuestras masas arboladas ante incendios forestales, cada vez más peligrosos, y ante el cambio climático. Mantener a raya el poder destructor de los incendios y el estrés en los bosques es también una forma de cuidar los suelos y la biodiversidad”.

Nada de plantar por plantar

Ana Rey considera muy importante cómo afrontar las repoblaciones: «Cuando se habla de repoblar, de que hay que plantar árboles, hay que recordar que un bosque no son solo árboles, porque a veces se ignora la complejidad de los bosques y los numerosos servicios ecosistémicos que nos aportan, incluyendo la gran importancia del suelo. Hay que tener muy en cuenta en qué tipo de suelo plantamos y con qué especies lo hacemos». Almendros incide en ello: «Hay que estudiar cada situación por separado, teniendo en cuenta el clima, el tipo de suelo y la calidad de la materia orgánica preexistente».

Queda mucho por hacer. La propia CE, en su propuesta de directiva sobre vigilancia y resiliencia del suelo, estima: “Más del 60% de los suelos europeos son insalubres y la evidencia científica muestra que se están degradando aún más debido a la gestión insostenible de la tierra, la contaminación y la sobreexplotación, combinados con el impacto del cambio climático y los fenómenos meteorológicos extremos”.

Fuente: https://elasombrario.publico.es/

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