La biodiversidad como monocultivo (Alfredo Rodríguez)

El domingo día 14 de noviembre de 2020, la Asociación Geotrupes publicó en LA NUEVA ESPAÑA un artículo que defiende el abandono como única medida capaz de garantizar la naturalidad de los bosques.

Desde un punto de vista integrista, sólo es bosque un ecosistema de árboles donde no interviene el hombre, pero cualquier persona razonable entiende que entre el bosque puro y el polígono industrial hay situaciones intermedias con cierto grado de naturalidad: Muniellos (bosque no intervenido), selva de Irati (bosque intervenido), pinares sorianos (bosques muy intervenidos), castañares de Caso (plantaciones forestales naturalizadas), pinares de Cudillero (cultivos forestales seminaturales), plantaciones de eucalipto (cultivos forestales), etcétera. Es razonable plantear una discusión sobre si Asturias debe tener sólo 6.000 hectáreas de Muniellos o si se puede permitir declarar otras 60.000 hectáreas de reservas integrales. Pero lo que no tiene sentido es afirmar que la única forma de que un bosque sea natural es abandonarlo y sugerir que hay que eliminar toda actividad en los bosques. Y, ojo, porque, con el mismo argumento, después de los bosques van los pastos y los cultivos agrícolas, «que ya han destruido una gran parte de los ecosistemas naturales del mundo».

La sociedad no sólo quiere ecosistemas naturales puros, a los que se prohíbe el acceso. La sociedad quiere ecosistemas que, con un grado de naturalidad razonable, contribuyan a su bienestar económico: bosques bonitos para pasear, eucaliptares que den sombra en Rodiles y pinares que generen cuatro empleos por kilómetro cuadrado. El modelo de bosque de Geotrupes no produce ningún beneficio adicional respecto a un bosque intervenido racionalmente, salvo un placer conceptual para los especialistas en botánica. Precisamente, el desafío de los conservadores de la naturaleza es conseguir sistemas que siendo naturales resulten económicamente sostenibles. Los sistemas de gestión forestal, hoy llamada sostenible, lo han conseguido desde hace más de 100 años en zonas como Soria, la selva de Irati o el Guadarrama, mientras Muniellos, con sus veinte visitantes diarios, no supone a fecha de hoy una aportación significativa a la riqueza de la comarca ni de la región. Muniellos tiene un valor enorme y por eso podemos y debemos tener un Muniellos, pero no toda Asturias puede ser como Muniellos, salvo que queramos convertir la región en un desierto verde.

Agrícolas, forestales e ingenieros en general han adaptado su discurso, su práctica y sus técnicas a la demanda social de respeto al medio natural. Mientras tanto, los ecologistas asturianos siguen inmóviles en sus minaretes proclamando el integrismo verde y defendiendo que el fin supremo al que orientar el territorio es el monocultivo de la biodiversidad. Cuando Asturias languidece y se despuebla, la vocación de todo su territorio no puede ser convertirse en un parque temático para el disfrute exclusivo de una élite de botánicos.

Alfredo Rodríguez Garagorri (Oviedo)

Fuente: mas.lne.es/cartasdeloslectores/

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