La deficiente gestión forestal de los bosques en España

La deficiente gestión forestal de los bosques en España

España sigue sin articular una estrategia que permita aprovechar la ingente fuente de recursos que representa la mitad de su territorio y garantice al tiempo su supervivencia.

Son verdaderas infraestructuras naturales, asediadas cada verano por incendios cada vez más intensos y difíciles de extinguir. Sin embargo, nuestros bosques también son auténticas fábricas de recursos inagotables, que bien gestionadas podrían convertirse en negocios rentables y sostenibles. La fórmula para acabar (o por lo menos atajar) con las llamas que los arrasan en los meses estivales y, al mismo tiempo, dar un impulso económico a las comunidades locales. Más allá de los aprovechamientos tradicionales, como la madera —que hoy además renace con un fuerte componente tecnológico para erigirse en el gran material estructural de los edificios del futuro—, el papel y cartón, o la recolección de setas, la bioeconomía forestal está permitiendo obtener de los montes productos muy innovadores y de gran valor añadido. Desde fibras textiles, como el lyocell, por las que apuestan gigantes como Inditex, hasta madera traslúcida que podría sustituir el vidrio y el plástico. También se produce nanocelulosa para paneles de las puertas y techos de los automóviles, biomasa para generar energía y soluciones como el biochar que está entrando en el mercado como fertilizante o los taninos para la alimentación animal, entre otras muchas aplicaciones. A todo esto se suma su papel como sumideros de carbono, lo que convierte a los bosques en una inversión atractiva para las grandes corporaciones que necesitan compensar sus emisiones.

No obstante, en España la gestión forestal es una asignatura pendiente. «Se invierten miles de millones de euros en extinción de incendios y restauración de las zonas quemadas, pero muy poco en gestión», considera Arantza Pérez Oleaga, vicedecana del Colegio Oficial de Ingenieros de Montes. Y si bien la Ley 43/2003 de Montes establece que los propietarios de estos deben garantizar una gestión forestal sostenible, sólo el 27,7% de la superficie forestal cuenta con algún instrumento de ordenación aprobado, según figura en el último Anuario de Estadística Forestal de 2024. Una cifra muy alejada del contexto europeo, donde el 94% de los bosques del continente tiene un plan de gestión, según la FAO, advierte Pérez Oleaga.

En manos privadas

Y eso que más de la mitad de todo nuestro territorio (el 56%) es superficie forestal, unos 28,5 millones de hectáreas (el 68% arbolada y el resto desarbolada), como figura en el último Inventario Forestal Nacional. Y aunque pueda sorprender, el 72% de este patrimonio natural está en manos privadas y fragmentado en más de 3,5 millones de propietarios, con datos de COSE (Confederación de Organizaciones de Selvicultores de España). «Pueden ser propietarios individuales o colectivos, como varios vecinos de un pueblo, e incluso ayuntamientos. Predomina el minifundio, sobre todo en la mitad norte de España. El caso más extremo es Galicia, donde la propiedad media es de solo 0,5 hectáreas», cuenta Patricia Gómez, gerente de COSE.

La gestión de un territorio tan extenso y atomizado no resulta sencilla. «La mayoría de nuestros montes no son rentables. La inversión necesaria para mantenerlos, gestionarlos, aplicar tratamientos selvícolas (como labores de limpieza y aclarado del monte) y extraer madera cuesta más de lo que paga el mercado. Hay que buscar modelos rentables para que los propietarios no abandonen la gestión, que es lo que mantiene un bosque sano y con menor riesgo de incendio. Salvo una chopera, un pinar, un eucaliptal o un soto de castaños que tienen destinos en la industria de la maderera o de frutos, que son montes productivos, el resto son deficitarios», afirma Patricia Gómez. Los datos de Pérez Oleaga revelan esa realidad: «La materia prima -dice- para las cadenas de valor se obtiene de un porcentaje muy pequeño de la superficie forestal, no llega al 8%».

La actividad forestal tiene características muy particulares que dificultan su rentabilidad. Sus plazos de maduración son extraordinariamente dilatados (entre 15 y 30 años), lo que frena el retorno de la inversión. «Nuestros turnos de producción son larguísimos. En algunas especies pueden pasar 80 años desde que se planta hasta que el árbol es maderable y va a la industria», destaca la gerente de COSE. Por si fuera poco, es un sector expuesto a catástrofes naturales como incendios, plagas y enfermedades. «Deberíamos tener una fiscalidad más justa. No podemos soportar la misma presión fiscal que sectores con menos riesgos y retornos más cortos», defiende.

Ante ese panorama, no existe un modelo de gestión único para todos, porque, además, hay una gran variedad de ecosistemas. «No es lo mismo gestionar y obtener rentabilidad de una dehesa extremeña que de una masa forestal en la cordillera cantábrica o de un bosque en el Pirineo. En algunos territorios se puede obtener madera de calidad, en otros de no. Sin embargo, con las nuevas tecnologías podemos rentabilizar esa gestión y conseguir productos de mayor valor añadido. Pero necesitamos modelos de gobernanza, estrategias y planes de ordenación que nos permitan gestionar esos recursos a largo plazo (en horizontes de 20, 40, 80 e incluso 100 años). Así estaremos creando bosques resilientes y adaptados al cambio climático, que amortigüen mejor los incendios, la sequía y las enfermedades. La gestión forestal es una necesidad a la vez que una oportunidad», apunta Arantza Pérez.

Agrupaciones rentables

Una de las líneas de actuación de COSE para conseguir explotaciones más productivas es agrupar a pequeños propietarios con el fin de lograr una dimensión de superficie forestal suficiente para que resulte económica y técnicamente rentable. «Así se abaratan costes, las actuaciones tienen más coherencia y se obtienen mayores resultados», asegura Gómez.

Solo el 27% de los bosques cuentan con un instrumento de ordenación.

La madera es la principal fuente de ingresos de un bosque. Su uso como elemento estructural en los edificios cada vez cobra mayor fuerza, ya que estos deben cumplir unos objetivos de descarbonización al igual que el sector de la construcción. «Ya hay edificios 100% de madera o combinada con otros materiales. La construcción con madera tiene un gran futuro», apunta Patricia Gómez. La madera laminada cruzada permite levantar muros de carga, forjados de pisos y cubiertas en construcciones elevadas. Se utiliza madera para puertas, ventanas, suelos y revestimientos de fachada. Para muebles. Para fabricar papel, cartón y todo tipo de embalaje. Y pellets y astillas para calderas cada vez más eficientes. Y buena parte de la biomasa de los bosques se puede emplear para generar energía. «La industria de la pasta, los tableros, textil, embalaje y muebles son muy potentes y prefieren tener un recurso natural de proximidad y no importarlo de fuera», afirma Arantza Pérez.

Madera desaprovechada

Sin embargo, «solo se aprovecha el 30% de la madera que crece cada año en nuestros bosques, mientras que la media europea está en torno al 70%», detalla Arantza Pérez. Los datos de COSE apuntan en la misma dirección: cada año los montes españoles generan unos 46 millones de metros cúbicos de biomasa forestal, es decir, madera y materia leñosa nueva. Sin embargo, apenas se aprovecha el 40% de ese crecimiento. El resultado es que cerca de 22 millones de toneladas de biomasa permanecen acumuladas en el territorio, un combustible para los incendios.

Y luego están los productos forestales no madereros: resinas para adhesivos, pegamentos, barnices y pinturas; setas como alimentos gourmet; plantas aromáticas para jabones y aceites esenciales; miel, caza… «Estos productos tienen mucho valor», asegura Arantza Pérez. «El bosque es una fábrica natural. Pero nos falta esa financiación para que sea rentable, para cuidarlo, hacer actuaciones. Son recursos del monte que bien planificados no se agotan», explica Patricia Gómez. «Hay que dotar la Estrategia Forestal Española 2050 de inversión y recursos», señala Arantza Pérez.

La atomización de la superficie forestal representa un gran hándicap.

Y hay una serie de servicios ecosistémicos que nadie reconoce a los bosques y que contribuyen a nuestro bienestar. Son almacenes de carbono, contribuyen a la conservación de la biodiversidad, a la regulación hídrica y del clima, frenan la erosión, protegen el paisaje… «Incluso muchos médicos prescriben pasear 20 minutos por el monte para oxigenar el cerebro y mejorar la tensión arterial. Los bosques contribuyen a nuestro bienestar. Sin embargo, a fecha de hoy, no hay ningún mecanismo que compense al propietario por esos servicios, que son vitales y que ofrece a la sociedad», defiende Patricia Gómez.

Las nuevas tecnologías generan verdaderas innovaciones que salen de los bosques. «Cada vez más biorrefinerías obtienen nuevos productos textiles, bioquímicos… Hay un catálogo de nuevas oportunidades muy extenso», asegura Arantza Pérez. En esta línea trabaja el Centro Tecnológico Forestal y de la Madera de la Fundación Cetemas. Además del uso de la madera como elemento estructural de los edificios, desarrolla productos de gama media y alta para mercados con mayor retorno de inversión. «Los bosques deben de estar orientados a un producto y hay que contar con una industria transformadora local para conseguir ese producto de alto valor añadido. Para obtener madera de calidad se necesita una gestión del bosque, con una densidad adecuada de arbolado, realizar podas… Eso va asociado a la minimización del riesgo de incendios», explica Juan Pedro Majada, director de este centro tecnológico.

Innovaciones

Cetemas ha puesto el foco en el sector del cerramiento: ventanas, puertas, muros cortina y pavimentos con madera de alta gama, un mercado dominado por especies tropicales que llegan de otros países. «Se han sustituido por castaño. Incentivamos modelos de gestión para producir ejemplares de alta calidad. Es una especie resistente a plagas y enfermedades que ofrece un material muy competitivo y que se comportan muy bien en el exterior. Hay mucha tecnología detrás del sector tradicional de la madera», dice Majada.

Han conseguido otras innovadoras soluciones. «La materia prima de los árboles se presta a una gran variedad de procesos de modificación físico-química que permiten un abanico de posibilidades casi infinita», destaca. De la madera sometida a un proceso de pirólisis (a temperaturas de 800ºC sin oxígeno) se obtiene biochar, una especie de carbón que tiene multitud de aplicaciones: como fertilizante para agricultura, como corrector de pienso, para filtros de depuración de aguas residuales… «En función de la temperatura tienes diferentes tipologías de biochar, si se eleva la temperatura se genera una especie de petróleo e incluso gas para generar electricidad», explica Majada.

A través de extracciones hidrotermales, de los residuos forestales también se pueden obtener productos. De los restos de castaños los equipos de Cetemas han conseguido taninos, unos compuestos complejos para alimentación animal (previenen enfermedades gástricas), para la industria química (adhesivos ecológicos) o para la agricultura (es un biofertilizante protector de enfermedades y estrés hídrico).

Para recuperar el esplendor de la industria textil catalana, el Centro Tecnológico Eurocat está desarrollando fibras de celulosa regenerada a partir de la madera de las masas forestales del territorio, dentro del proyecto Texwoods. Ofrece así una solución a un problema que sobrevendrá en el futuro. Las previsiones estiman que en 2030 el suministro de algodón no cubrirá la demanda, por tanto habrá una carencia de fibras de celulosa. A la vez, la UE está limitando el uso de fibras sintéticas vírgenes (como el poliéster, el nailon o el elastano) con el fin de reducir emisiones, ya que son de origen fósil y además liberan microplásticos.

Celulosa regenerada

Para cubrir ese déficit, las fibras de celulosa regenerada se alzan como las sustitutas del algodón, «pero su producción está muy por debajo de las necesidades», afirma Virginia García, directora de la Unidad Tecnológica de Tejidos Funcionales de Eurecat. «Los residuos forestales tienen un 40% de composición de celulosa -continúa-. Es un polímero natural renovable con las propiedades de la fibra de algodón. Estamos intentando generar un ecosistema con la industria catalana y el sector forestal para impulsar este proceso, tener capacidad de extracción de celulosa y producción de estas fibras que son el futuro. Hoy día no hay industria de extracción, que sería la química. Necesitamos grandes inversiones en biorrefinerías especiales para recuperar la celulosa y transformarla en textil, que se sitúen cerca de donde tenemos las masas forestales».

La idea es también dar un paso más: transformar este proceso para lograr fibras de celulosa regenerada con un valor añadido, por ejemplo para su utilización médica. «Incorporamos nuevos disolventes más sostenibles que den propiedades adicionales», detalla García.

Así es el nuevo pulmón económico y sostenible que proporcionan las fábricas de los bosques.

Fuente: https://www.abc.es/economia/

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